Aceptar lo Inesperado: Juguetes "de Bebés" y el Duelo del Autismo
Una de las realidades más difíciles y menos habladas de la maternidad atípica es el duelo continuo. Es un duelo por las expectativas que teníamos, por el camino que habíamos imaginado, y por la diferencia entre ese sueño y la realidad que vivimos. Una de las expresiones más crudas de este duelo, para mí, ha sido ver a mi hijo de 11 años, grande de cuerpo, pero aún aferrado a los juguetes que la sociedad clasificaría como "de bebés".
Recuerdo la punzada en el corazón cada vez que lo veía con sus bloques de goma grandes, sus sonajeros o sus muñecos blandos. Mi mente, y a veces mi corazón, gritaba: "¡Pero si ya tiene 11! ¡Debería estar con videojuegos, con coches a control remoto, con juegos de mesa más complejos!". Era doloroso, porque sentía que cada elección de juguete era un recordatorio palpable de la brecha entre su edad cronológica y su desarrollo, y de las habilidades que aún no adquiría. Cada juguete "de bebé" era una lágrima silenciosa por el niño que yo creía que tendría pero que nunca tuve y 11 años después seguía doliendo como aquel día que me dijeron "su hijo tiene autismo".
Fue en este punto, en medio de la pena y la confusión, que empecé a vivir un profundo proceso de aceptación de mi realidad. Y quiero ser clara: esta aceptación no significaba que el duelo por el autismo desapareciera; el duelo, en sus diversas formas, siempre está ahí, como una sombra que nos acompaña. Pero sí significaba aprender a convivir con él, a reconocerlo sin permitir que me paralizara, y a abrirme a una nueva perspectiva.
Este proceso de aceptación no fue lineal. Tuve días de negación, de frustración, de intentar "empujarlo" suavemente hacia juguetes "más apropiados". Pero un día, algo hizo clic. Me di cuenta de que mi dolor y mis expectativas no eran su problema. Su felicidad, su calma, su conexión con esos juguetes eran genuinas. Esos objetos no eran un signo de "retraso"; eran su fuente de regulación, de confort y de alegría. Eran sus aliados en un mundo que a menudo le resultaba incomprensible y abrumador.
Fue entonces cuando empecé a soltar el "debería" y a abrazar el "es". Entendí que su juego no tenía que ajustarse a las normas sociales, sino a sus propias necesidades. Hoy, disfruto viéndolo interactuar con esos juguetes. Me llena de paz saber que encuentra consuelo y propósito en ellos. Y, curiosamente, al aceptar su juego tal como es, he encontrado una nueva forma de conectar con él, de ver la belleza en su forma única de experimentar el mundo. Es un recordatorio constante de que el amor incondicional significa aceptar y celebrar a nuestros hijos tal como son, con sus particularidades y sus propias formas de florecer.
Tips para abrazar el juego "atípico":
Cuestiona tus expectativas: ¿De dónde vienen esas ideas sobre lo que "debería" jugar tu hijo? Muchas veces son normas sociales que no aplican a la neurodiversidad.
Observa la función, no la forma: Pregúntate: ¿Qué necesidad está cubriendo este juguete para mi hijo? ¿Le da calma? ¿Estimulación sensorial? ¿Seguridad? Si cumple una función positiva, ¡adelante!
Permítete sentir el duelo: Es normal sentir tristeza o frustración. Valida esas emociones, habla con alguien de confianza o escribe sobre ello. No te juzgues por sentirlas.
Celebra su alegría: Enfócate en la felicidad que le produce el juguete. Su disfrute es más importante que cualquier convención social.
Educa a otros: Si es necesario, explica a familiares o amigos por qué tu hijo prefiere ciertos juguetes. Ayúdales a entender y a respetar sus preferencias.
Busca la comunidad: Conéctate con otras familias que transitan caminos similares. Sus experiencias y apoyo pueden ser un bálsamos en este proceso.
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